viernes, 18 de junio de 2010

Sobre causas y efectos

Sobre causas y efectos - Editorial del 18 de junio de 2010
A nosotros nos parece muy justo y válido el reclamo por la identidad de los hijos de desaparecidos, sobre todo de aquellos apropiados, tal como parece ser el caso de Marcela y Felipe Noble Herrera, adoptados por lo menos irregularmente por la dueña de Clarín.
No está de más recordar, de paso, que el delito no es tal solamente para aquellos que recibieron bebés de ese origen. En sí la supresión de identidad y el ocultar quiénes son sus padres biológicos es una acción punible que está prevista en el artículo 138 y siguientes del Código Penal de la Nación.
Esta causa en particular fue iniciada por la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, que preside Estela de Carlotto, hace ya varios años. En el caso de Marcela, se cree que sería hija de Roberto Lanuscou y Bárbara Miranda, mientras que Ernesto García y María del Carmen Gualdero podrían ser los padres de Felipe. Lanuscou, Miranda, García y Gualdero, continúan desaparecidos junto a otros 30.000. Roberto fue asesinado, mientras estaba junto al resto de la familia (esposa y dos hijos) el 3 de septiembre de 1976 por patotas y grupos del Ejército y la policía bonaerense. Se presume que Matilde sería la beba secuestrada ese día y podría tratarse de Marcela Noble.
Lo que cuenta Ernestina Herrera respecto de la adopción es lo siguiente: encontró a la nena en el jardín de su casa, se la quedó, siete días después fue al Juzgado a decir que quería adoptarla. Justo en el Juzgado había otra madre que quería dar en adopción a su bebé porque no podía mantenerlo. La historia es tan inverosímil como las pruebas que aportó para aseverarlo: un jardinero que habría visto la caja en que estaba la nena, que resultó ser chofer del diario, y una madre cuya identidad no pudo probarse (se recuerda que el trámite se hizo en la Justicia) y de quien se aporta un DNI que en realidad pertenece a un hombre.
Estamos de acuerdo en que el único modo para saber si efectivamente los dos hijos adoptados por Herrera de Noble son hijos de personas desaparecidas es mediante el análisis de ADN, que Marcela y Felipe se niegan a efectuarse. Es de hacer notar que la Cámara Federal de San Martín señaló que tenía que tener en cuenta el criterio de la Corte Suprema, que después fue ley nacional, y que se trata de que cuando una persona se niega, corresponde obtener muestras por otras vías alternativas en objetos que haya usado y que contengan células suyas.
Este tema, con el que, como ya dijimos, estamos totalmente de acuerdo, se ha convertido en la bandera del kirchnerismo, y les sirve para cualquier cosa, hasta para justificar lo injustificable. Por suerte hemos conseguido sacar de nuestra grilla televisiva a la TV Pública (recordemos que también a ciertas mujeres, eufemísticamente, se les dice “mujeres públicas”), así que nos libramos de tener que escuchar, aunque sea por casualidad, los obsecuentes y en su mayoría falaces comentarios que tienen siempre como eje la justificación de todo los que hacen Cristina y su consorte. Es claro que nunca hablan de, por ejemplo, los fondos de Santa Cruz ni de la apropiación (ya que estamos) de los bienes de tanta pobre gente afectada por la “1050”, a la que los Kirchner en su doble condición de abogados (¿será?) y de usureros, desapoderaron, en muchos casos, de su única vivienda familiar, sin importarles esos mismos derechos humanos por los que hoy se rasgan las vestiduras. Y tampoco hemos visto en ese programa, las pocas veces que previa toma de un antiácido nos animamos a “aguantarlo”, que se hayan mostrado las fotos que son ya de pública circulación y en las que aparece Néstor en compañía de los más altos jerarcas del gobierno militar procesista.
Específicamente en este caso, no cesan de insistir en que, si Herrera de Noble no tiene nada que ocultar y quiere a esos chicos, debería tener un único e inédito gesto de grandeza y terminar con las evasivas a la justicia.
Nosotros creemos que hay que cumplir con la ley, establecer fehacientemente la identidad de los jóvenes (si finalmente resulta posible saber de quién son hijos), cursar estos datos a sus familiares genéticos y ahí termina el caso. Los parientes no pueden hacer que los jóvenes los acepten, ni pueden obligarlos a nada. Estará en ellos optar por lo que más quieran de su vida, y lo que resuelvan hoy podrá ser modificado por él o ella mañana sin tener esto ninguna relevancia. Es nada más cumplir la ley guste o no, y no obliga a nada a los hijos de esta señora, ni da derechos a sus familiares legítimos. Y si Ernestina Herrera cometió algún delito (es obvio que Marcela y Felipe no), se la debe juzgar y condenar.
Entonces, y hechas ya todas las salvedades, vamos a tratar de trazar un paralelo entre el comportamiento que el gobierno y sus publicistas y chupamedias variopintos tienen respecto a esta cuestión, con la que, de manera muy pero muy distinta adoptan respecto al hoy tan meneado caso de Botnia y la contaminación del Uruguay.
El 20 de junio de 2007, hace ya casi tres años, a siete meses del comienzo del bloqueo, los asambleístas se acercaron al por entonces mandatario argentino, Néstor Kirchner, y le entregaron una pequeña bandera que contenía la leyenda "Fuera Botnia. Viva la Patria" y una nota impresa en papel reciclado donde planteaban su intención de que se relocalizara la planta de Fray Bentos. Inmediatamente se le pidió la opinión respecto a ello al canciller uruguayo de ese momento, Reinaldo Gargano, quién dijo no preocuparle la aparición de Kirchner agitando esa bandera contra Botnia durante un acto oficial. "No voy a juzgar la conducta particular del presidente" porque "tiene derecho a expresar su modo de ver las cosas", aseguró Gargano, aunque recordó, muy inteligentemente, que el mismo Kirchner, en su mensaje a la Nación en 2005, había declarado que las plantas no contaminaban y que estaba de acuerdo. ¡Después ese discurso fue el argumento central de la respuesta uruguaya a la demanda argentina ante La Haya!
Ahora bien, siguiendo el criterio utilizado consuetudinariamente para indicar cuál es la manera de resolver el tema de los “chicos de Clarín”, ¿por qué no se sigue el mismo criterio en éste caso? Así, a simple vista, resulta tan simple, que “hasta parece cuento” (como decía Borges) que nadie lo proponga, incluso usando esta comparación. Si todos están seguros de que Botnia no contamina, ¿por qué no se acepta el monitoreo periódico de la planta y de las aguas del río Uruguay? ¿Pedir eso no es acaso lo mismo que exigir el ADN de Marcela y Felipe? Es más, ¿puede alguien asegurar que el grupo Clarín es peor que el grupo escandinavo dueño de la pastera?
¿O es que al kirchnerismo le conviene terminar con Clarín pero no terminar con Botnia? ¿Será que los negocios de los amigos del poder involucran tanto a Papel Prensa como a las pasteras? ¿Seremos todos los argentinos y uruguayos de buena fe, incluidos los asambleístas de Gualeguaychú, los idiotas útiles al servicio de un grupo inescrupuloso de delincuentes (más allá de que no hayan sido todavía juzgados ni estén todavía condenados) que no hesita en poner en juego valores tan fundamentales como la soberanía (en este caso) o los Derechos Humanos (en el otro), para sacar su propio provecho que es solamente económico?
Nos animamos a hablar de “idiotas útiles” porque tenemos documentado el momento demagógico en que, en plena campaña presidencial de Cristina, su marido, por entonces presidente y jefe de prensa de su esposa, manifestaba, en un acto “patriótico-electoral” al que tanto nos tienen acostumbrados, a propósito de un nuevo aniversario de la Independencia (¡nada menos!), sin que se le cayera (ni en ese momento ni ahora, la cara de vergüenza), allá por 2007, que reivindicaba la lucha contra la pastera finlandesa Botnia como “una causa nacional”. Y lo dijo frente a, entre otros, varios integrantes de la Asamblea Ciudadana de Gualeguaychú que, con banderas, reclamaron que la pastera se vaya del río Uruguay.
A ellos, y a todos, hay que recordarles, siempre, que no se pueden exaltar las causas y luego agraviarse por los efectos.
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

jueves, 10 de junio de 2010

Arbeit macht frei (“¿Ayuda humanitaria”?)

Arbeit macht frei (“¿Ayuda humanitaria”?) - Editorial del 11 de junio de 2010
La frase del título, que quiere decir “el trabajo los hace libres” es el famoso (tristemente famoso) eufemismo con el que los nazis disfrazaron sus campos de exterminio, llegando a tan alto grado su hipocresía que la pusieron (a la frase) en el cartel de la entrada de Auschwitz.
Esto es bueno recordarlo justo ahora, en tiempos en que una parte (no gran parte, no) de la humanidad se está poniendo en el papel de juez del comportamiento de un Estado, porque nunca se debiera de olvidar, que en la Segunda Guerra Mundial, mientras unos asesinaban, otros miraban para el costado. Grupos sionistas (el vocablo viene de Sión, nombre de la Tierra Prometida, y por lo tanto no puede tener nada de racista, como algunos pretenden) denunciaban en el mundo libre lo que ocurría en los campos, mientras la Oficina Británica de Asuntos Exteriores contaba entre sus filas con gente como el oficial que declaró que "estamos desperdiciando una cantidad desproporcionada de tiempo con estos judíos llorones". Justamente ese calificativo me enrostró hace unos días un amigo, supongo que desconociendo ese antecedente.
Por eso me limito a comentar un aspecto que había quedado como oculto ante la inmensidad de la tragedia: el cinismo, “la desvergüenza en el mentir”, que envolvió la “solución final” (otra expresión eufemística, fruto del mismo cinismo), y que a lo largo de la Historia, incluso de la nuestra propia, ha tenido otros varios ejemplos. Digo, ya que estamos, y para aquellos a los que les molesta el recuerdo, también se habló por acá alguna vez, de que “los Argentinos somos derechos y humanos”, mientras desaparecían 30.000. Y Videla, hablando justamente de esos 30.000 que ya son hoy una bandera, justificó la utilización de ese término diciendo que “mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” (sic).
Vuelvo a decir que la importancia de la memoria está dada en recordar que junto a la brutalidad programada científicamente, como no había ocurrido antes en la historia, esos campos de extermino son un triste monumento al cinismo humano. No es sólo la frase escrita con letras metálicas sobre la puerta de ingreso, sino toda la mentira que rodeaba esta maquinaria de muerte: la orquesta que tocaba música cuando los prisioneros salían y volvían de “trabajar”; la invitación para que los deportados “hebreos” llevaran consigo todos sus enseres, pues simplemente se los iba a “trasladar”; la recomendación de que, con el fin de recuperar sus pertenencias tras el “baño”, rotularan sus nombres en las maletas; los edictos públicos con detalladas “instrucciones” para la deportación firmados por instituciones judías (controladas)… , etc.
Suelo decir que este editorial depende en gran parte de “disparadores”, y en esta ocasión lo ha sido el comentario agregado por un lector de una página digital local, cobardemente anónimo, por supuesto, porque para firmar hay que tener huevos, que se pregunta, “inocentemente”, qué va a decir ahora la comunidad judía local respecto a la “agresión” perpetrada por el Estado de Israel contra un barco que transportaba “ayuda humanitaria” a Gaza.
No tengo en este momento, y desde hace tiempo ya, representación institucional judía, pero me he acostumbrado, así como en tantos otros temas, a salir a decir las cosas ante los silencios, que como dejé claro hace algunas semanas, terminan siendo sinónimo de complicidad o de asentimiento.
En primer lugar, y como para introducirnos en el tema, alguna vez expliqué que judío e israelí no son sinónimos. Israelí es un concepto de nacionalidad, mientras que judío es un concepto de pueblo. Todos aquellos que, por perseguidos, dejaron esa Tierra Prometida, en varias oportunidades, pero tomemos como ejemplo la del año ‘70 de la era cristiana, cuando se produjo la segunda destrucción del Templo de Jerusalém y la esclavitud en Babilonia, tan bien contada y cantada (ya que estamos) en la opera Nabucco, de Verdi, y muy especialmente en su “Va Pensiero”, son los que justifican que hoy esté yo, acá, cien por ciento argentino (no israelí) y cien por ciento judío.
Es cierto, sin embargo, que quizás como no ha pasado en otras situaciones similares, la creación del Estado de Israel en 1948, muy poco después de ese Holocausto que el mundo permitió con su mirada de soslayo, nos da a los judíos de la diáspora un respaldo que reconocemos, que tenemos incorporado, que valoramos, pero que, por lo menos en mi caso, no es absolutamente incondicional ni acepta cualquier cosa que de él provenga.
Pero ésto no debe resultar raro, salvo que se mire al “problema judío” como algo raro. Tampoco todos los alemanes fueron nazis o aceptaron y convalidaron el nazismo, ni todos los curas son pedófilos o avalan y amparan ese comportamiento, ni todos los norteamericanos estuvieron de acuerdo con la Guerra de Vietnam, ni todos los argentinos nos hicimos cargo de las barbaridades cometidas por el Proceso, ni todos los peronistas son hoy kirchneristas, ni todos los radicales reivindicamos a De la Rúa. Pensar así, como ese lector anónimo, es una falacia.
El actual gobierno de Israel es de derecha, y como tal utiliza algunas metodologías con las que uno puede no estar de acuerdo. Pero eso no significa que, por justificar ese derecho a opinar distinto, terminemos por aceptar que Hamas o los otros grupos terroristas que predominan en la Franja de Gaza y a los que poco les importan sus hermanos, sino solo el poder por el poder mismo, el odio y el fundamentalismo, estén ocupando su tiempo en llevar medicamentos o comidas para aquellos de los que no se hicieron cargo, cuando la partición de Palestina, ni Jordania, ni Siria, ni Egipto, ni Arabia Saudita. Esas son cosas de la Historia que hay que conocer antes de hablar “por boca de ganso”.
Ephraim Kishon es (o era, porque falleció en 2005, aunque su obra perdura) un escritor israelí de origen rumano, y a la vez uno de los más populares y más leídos humoristas del mundo. En sus sátiras describe con mucho amor e ironía la vida del hombre de la calle israelí. Pero esa no es la única faceta de Ephraim Kishon, ya que además emitió opiniones muy sarcásticas sobre la Guerra de los Seis Días y sobre Iom Kippur, luchó una batalla inútil contra la mafia del arte, y se animó a acusar al comunismo de ser la forma de gobierno menos humana (en pleno auge de la URSS).
Kishon tiene un cuento memorable, titulado “Cómo conquistó Israel la simpatía mundial”, en el que relata un resultado distinto al del triunfo de Israel sobre Egipto en la guerra de 1956, suponiendo que la ofensiva de ese año no hubiese existido, y sí un ataque árabe en mayo de 1957.
Obviamente no voy a transcribirlo acá, pero pongo a disposición de quién quiera leerlo el libro “El Arca de Noé” en el que está incluido. Y lo que voy a hacer es tratar de resumir la idea que contiene.
Kishon imagina en su cuento un escenario distinto, con una aplastante derrota de Israel, seguida de su desaparición como Estado y del cumplimiento efectivo de la amenaza que hoy todavía sostiene Mahmud Ahmadineyad, presidente de la República Islámica de Irán, de tirar los judíos al mar, literalmente.
Al día siguiente de esos hechos, que por suerte para la Humanidad no sucedieron así, según el cuento, Israel y los judíos conquistaron la simpatía mundial, al punto de que ambos se convirtieron, por decisión de las Naciones Unidas, en el símbolo internacional de la Justicia y la Moral. Memorable, claro, siempre que uno no se olvide que ya ninguno de los dos existía.
Propongo que, un minuto antes de prejuzgar, no nos olvidemos que Mosen Rabani debería estar siendo juzgado en Argentina como coautor intelectual del atentado a la AMIA, y no lo está porque es un prófugo de la justicia, y si embargo, en otro eufemismo trágico, era “agregado cultural de la Embajada de Irán”.
¿Alguno podrá defender la tesis de que vino a nuestro país a brindar “ayuda humanitaria”? ¡Vamos!
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

jueves, 3 de junio de 2010

Las cosas mal hechas

Las cosas mal hechas - Editorial del 4 de junio de 2010
Tres sucesos concomitantes tuvieron por escenario a la ciudad por estos días, y si bien son particulares de nuestra propia realidad, cumplen con el viejo adagio de "conoce tu aldea y conocerás el mundo".
De uno de ellos ya dijimos bastante en las dos semanas anteriores, y casualmente, siendo a nuestro criterio el más importante y trascendente de los tres, es el único para el cual todavía no hay una respuesta. ¡Y lo más grave es que debería haber sido inmediata!
El segundo de ellos, y esta no es una asignación de órdenes de importancia, porque queda claro que para nosotros están en un pie de igualdad, tiene que ver con la solicitud de un grupo de jóvenes del ARI - Coalición Cívica, presentada en Mesa de Entradas del Municipio local, por la cual peticionaban una autorización para realizar una actividad política, más bien de esclarecimiento, en la Plazoleta San Martín, en los días previos al festejo del Bicentenario. Curiosamente el DEM negó esa autorización, aduciendo, ¡mucho más curiosamente todavía!, que era imposible desarrollar dicha actividad "considerando que la plazoleta es un espacio público" (¡sic doble y triple!). Llama poderosamente la atención hasta de un lego la decisión firmada por la Presidente Municipal, ya que hay principios acerca de los cuales nadie discute. Tradicionalmente, un bien público (y la Plazoleta San Martín lo es) es aquel que pertenece o es proveído por el Estado a cualquier nivel: Gobierno central, municipal o local, por ejemplo, a través de los municipios, pero en general por todos aquellos organismos que forman parte del sector público.
Esta concepción se remonta al Derecho romano, en el cual la res publica (cosa pública) hacía referencia a las propiedades de la Antigua Roma o sus ciudadanos en conjunto, tales como las fuentes de agua de la ciudad, las calles, etc. La influencia de esta acepción se ha extendido con algunas modificaciones hasta el presente, al punto que los más importantes juristas especializados en el tema coinciden en que el uso de las calles, plazas, puentes y caminos, el mar adyacente y sus playas pertenece a todos los habitantes, combinando dos criterios legales: la propiedad es estatal, el usufructo es general para todos.
Si bien es cierto que a los jóvenes del ARI, o a quienes los asesoraron, les comprende el viejo adagio legal de que "nadie puede alegar su propia torpeza", reconocido incluso por ellos mismos al justificar el envío de la nota pidiendo autorización, pero entendiendo que la misma era "una formalidad" ya que "en democracia y con plena vigencia del estado de derecho no es necesario pedir permiso para hacer política en la vía pública" (¡otra vez doble o triple sic!), no podemos echarle la culpa a ellos del desenlace del caso, porque convertiríamos a las víctimas en victimarios.
Pero las sorpresas que nos depara la vida no acaban acá. No señores. En una audiencia posterior, graciosamente (no en la acepción de chiste sino de favor) concedida por Blanca Rossi, nuestra primera mandataria expresó: "sí, yo tengo que destacar eso, porque ustedes pasaron una nota, porque por ahí hay gente que está vendiendo, hablando con la gente y por ahí nosotros no nos enteramos".
Ahora bien, ¿cómo puede ser que se confunda la ocupación de los lugares públicos por parte de agencias de automotores (casi todas las semanas), de vendedores de rifas (un poco menos frecuentemente), de "grabadores de vidrios", (hace unos días y en una por lo menos insólita interpretación de la normativa vigente, ya que en otros municipios eso se prohibió), con el ejercicio del que seguramente es el más importante de los derechos del hombre, como es el del libre ejercicio de la democracia, que le asegura la vida y la libertad, nada menos.
Como las actividades que mencionamos a modo de ejemplo se extienden normalmente por varios días, uno debe suponer que no son clandestinas, o sea que la autoridad "se ha enterado" y lo ha permitido. Y ni que hablar del uso que del predio del museo ferroviario han hecho desde el mismo partido del gobierno hasta otro tipo de asociaciones u organizaciones. No dudamos que en todos estos casos, más allá de esa "propia torpeza" que mencionábamos más arriba, obrarán en los archivos los correspondientes pedidos de autorización para el uso de esos espacios públicos, así como las razones que aconsejaron en todos esos casos concederla, contrariamente a lo que se decidió en respuesta al pedido de la juventud del ARI - Coalición Cívica.
Por suerte nuestra compueblana, ex compañera (de coro), y por voluntad mayoritaria (en su momento) elegida intendente, dejó en claro que "una vez que veo las cosas hechas ya no vuelvo atrás". Y está bien que lo haya aclarado, para que uno sepa a qué atenerse, aunque después se queje de que "me tildan de autoritaria, de déspota y demás, y a lo mejor lo parezco, pero no lo soy. Bajo ningún aspecto quiero serlo" (cuádruple sic).
El tercer tema, que sigue manteniendo cosas en común, es el de la notable pelea interna que se está dando en el Partido Justicialista de la provincia, y que tiene su "efecto rebote" en el ámbito local, que aporta al gobierno de Entre Ríos un Diputado Provincial de destacado desempeño (Horacio Fabián Flores) y un funcionario muy ejecutivo (el Dr. Julio César Aldáz, Presidente del Instituto Autárquico Provincial de la Vivienda).
En efecto, las diferencias entre quienes hasta hace poco se definían mutuamente como "mi amigo… (y ahí seguía el nombre de cada uno de ellos, o el sobrenombre) son tan evidentes que, si uno no conociera la historia del peronismo y sus muy especiales características, debería pensar que ya son irreconciliables. Eso sí, la peligrosidad que nosotros notamos, más allá de parecernos anecdótica la "pelea", está dada en el hecho de que arrastra en esa marea a los concejales (que ya manifestaron públicamente la escisión del bloque) y al pueblo todo, que votó una opción en forma de cadena, de la que, como dijo una amiga, "ya ni los eslabones están sanos". Ahora cada uno de nosotros, de los que tenemos participación pública y comunitaria, estamos obligados a mirar con mucho cuidado qué obras mencionamos o cuáles agradecemos, porque de esa manera, inevitablemente, nos congraciamos con unos pero nos enemistamos con los otros.
Que ésto pase restando todavía un año y medio de gestión de gobierno, y con consecuencias todavía impredecibles, le hace mucho daño al sistema, ya que lo vuelve desconfiable (si se nos permite el término), porque el cartel que hace poco fue retirado (¿apresuradamente?) del frente de la Unidad Básica local nos mostraba una imagen que duró lo que, como decía Gardel, duran los "amores de estudiante", que "flores de un día son".
Igualmente, y tal como a partir de hoy ponemos en nuestra tapa, en una súplica ciudadana de igual valor, por lo menos, que la que exigieron los chicos del ARI y la que piden los concejales pertenecientes al ahora nuevo bloque del Peronismo Federal, esperamos una respuesta de los responsables de la decisión de no hacer una ceremonia multiconfesional en los festejos públicos del Bicentenario en nuestro pueblo de "criollos, judíos y gringos".
Eso sería coherente con los valores y el método que se debería llevar adelante si nos "bancamos" vivir en democracia, lo que incluye: dar la palabra, autorizar al otro, reconocer en el otro a un sujeto y nuevamente, creer que se puede. Que se puede convivir mejor. Sin pretender aspirar a la venturosa felicidad imposible, esa huidiza meta, sino aportar a que los sujetos puedan gozar mejor de sus vidas.
Aunque haya que volver atrás las cosas mal hechas, Susy.
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

jueves, 27 de mayo de 2010

Síntomas

Síntomas - Editorial del 28 de mayo de 2010
Otra vez debo dar gracias a Dios por haberme ayudado a expresar lo dicho en el editorial de la semana pasada, porque los hechos no solo confirmaron mi postura, sino que, y esto es lo más importante, profundizaron mi pesar.
Debo reiterar acá que considero que lo que tiene que ver con el respeto de la diversidad debe ser una de las premisas más importantes en la relación entre los seres humanos. Si no partimos de esa base, seguramente equivocaremos el camino y encontraremos solo piedras en las que el hombre, como es su costumbre, suele tropezar más de una vez.
Fue un placer personal haber estado presente en la Misa de Acción de Gracias realizada en la Parroquia San José Obrero, plena de misticismo y de evocación religiosa. Debo reconocer, incluso, que participé en más de uno de los cánticos propios de esa celebración, llevado seguramente por el éxtasis que la misma situación supone. Y no fue un detalle menor la decisión de que la parte ceremonial concluyera con la entonación del Himno Nacional Argentino, magníficamente interpretado al piano, debo decirlo, por Carina Cortéz, nacida y criada acá nomás y otro de los lujos que no siempre sabemos los basavilbasenses reconocer. Otro tema fuerte, por supuesto, y aunque me toque de cerca, fue la actuación del Coro Municipal Magníficat, que dejó bien claro en el texto de sus canciones el contenido de fraternidad del que está imbuido.
Pero, pero…
Si bien no me resultaban necesarios ejemplos para reafirmar la convicción de que la falta de una celebración multiconfesional del Bicentenario, en mi pueblo, era un grave error, no es para despreciar lo sucedido en el Solemne Tedeum realizado en la Basílica de Luján. En él hubo un lugar preferencial para las prédicas de los representantes de las comunidades religiosas existentes en la Argentina. Así se hicieron presentes en el púlpito un prelado de la Iglesia Ortodoxa, una mujer pastora en nombre de la Federación de Iglesias Evangélicas, un Rabino y un Sheik.
Si yo no hubiese nacido y vivido en Basavilbaso, entonces, podría haberme permitido a mí mismo, ser parte, por ejemplo, de lo que vi por televisión cuando una señora mayor, seguramente argentina de religión judía, como yo, expresara sonriendo su alegría en el momento en el que el rabino Daniel Goldman terminó su participación con la ya célebre frase acuñada por César Tiempo, gran escritor argentino de fe judía: "¡Al Gran Pueblo Argentino, Shalom!"
Pero yo nací y vivo acá, y no puedo entender cómo por el voto de una Comisión Organizadora, se haya decidido una tan explícita y denigrante discriminación. Y conste que me atrevo a usar ese término porque tengo el aval para ello en los dichos de Cristina Ponce, Delegada del Inadi en Entre Ríos, quién al leer el editorial de la semana pasada me manifestó: "Se me hace difícil entender que en una ciudad emblemática por el aporte de la judería como Basso se la haya ofendido de ese modo".
Y menos puedo yo entender, todavía, que una vez advertido el grave error no se haya podido (¿querido?) subsanar, y mucho más me cuesta comprender el silencio cómplice por omisión de las entidades representativas de los otros credos religiosos de Basavilbaso (otros en relación al catolicismo), que no expresaron su disconformidad, asintiendo desde el silencio a este desplante u optando por no concurrir, lo que, por supuesto, también es reprochable.
A mí nunca me asustaron las discusiones respecto a puntos de vista disímiles, más que nada cuando ellos se refieren a cuestiones trascendentales. Los medios locales, incluido Crónica, se han hecho eco de un enfrentamiento entre dos dirigentes del partido gobernante, dedicándole tiempo y espacio, y sin embargo eso no pasa de ser una cuestión menor, intrascendente y de efímera perdurabilidad, tanto si continúan enfrentados como si se reconcilian.
En cambio lo que tiene que ver con la religiosidad es una problemática que lleva en el alma de la gente los 5770 años de historia que, según la Biblia, tiene la humanidad, y que sufre consecuencias imposibles de predecir cuando recibe ataques como este que relatamos o, incluso, como la "duplicación" del Tedeum que el capricho del matrimonio gobernante inventó para "escaparle" a la Catedral de Bergoglio.
Sin embargo, en la celebración que se realizó en la Basílica de Luján, el arzobispo Agustín Radrizzani pronunció una homilía con duras definiciones. Pidió "fortalecer el consenso", "superar partidismos e intereses personales" y "buscar soluciones superadoras". También abogó por una "mayor independencia" de los poderes del Estado y por una mejor distribución de la riqueza, y lo que es más importante aún, y conteste con la postura que sostuve la semana pasada y hoy, dividió el mensaje en "cuatro ejes": memoria, identidad, reconciliación y desafíos, ahondando en cada uno de esos temas.
Fueron precisamente esa memoria y esa identidad en las que me sentí, entonces, lesionado el 25 de Mayo, cuando en el acto público se realizó solamente una invocación religiosa católica. Ahí ya no estábamos en la Parroquia sino en las calles de mi pueblo, ese mismo que nuestras poetas definieron como de "criollos, judíos y gringos". Me alejé, premeditadamente, en ese momento, porque la emoción me podía traicionar, y de hecho pido disculpas a la amiga que, con razón, me "llamó la atención" por no hacer silencio mientras el Cura Párroco oraba. Podría sí yo, en compensación, pedir que comprendiera también mi turbación y la desolación en que me encontraba.
¿Puede alguien pensar que no es para tanto? Sí, puede, pero está equivocado. Esos mismos 5770 años de historia a que hacía referencia lo demuestran claramente, en varios y particulares momentos.
Y tampoco tiene razón aquella docente que intentó explicarme que el catolicismo es "religión de Estado". Mi formación en derecho, más allá de que por no ser una ciencia "dura" o exacta, da lugar, como se dice habitualmente, "a dos bibliotecas", me indica que en el Preámbulo se hace una referencia a Dios, y que la misma alude al teísmo, es decir, a una cosmovisión o posición ideológica que implica referencia a una divinidad, a un ser superior, que puede ser el Dios cristiano, el budista, el hebreo o el hindú.
Dicha invocación fue efectuada por los constituyentes porque eran hombres creyentes, y por el contexto histórico en el que se dictó la Constitución. Como tales optaron por esa invocación, apartándose del criterio seguido por los constituyentes norteamericanos.
Carlos J. Fayt, actual integrante de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, escribió: "Es de hacer notar que en nuestro país no existe religión oficial o religión del Estado, reduciéndose el sistema a la ayuda financiera a la Iglesia Católica, sin que ésto implique decaimiento o menoscabo a la libertad de cultos".
Y también la jurisprudencia de la Corte confirmó el mismo criterio. El máximo Tribunal de la República dijo que "la Constitución desechó la proposición de que el catolicismo fuera declarado la religión del Estado y la única verdadera…" (Cayuso, Susana G., Constitución de la Nación Argentina: claves para el estudio inicial de la norma fundamental, 1º ed., Bs. As., La Ley, 2006, p. 40)
Nadie tiene el derecho de ignorar que, además del catolicismo, que es la religión que profesa la mayoría de la población, coexisten armoniosamente en el país más de 2.500 cultos inscriptos, como el protestantismo, el pentecostalismo, el judaísmo y el Islam, entre otros muchos credos. Y que esa diversidad religiosa tiene una larga tradición que honra a nuestro país. Las legiones de inmigrantes del más diverso origen, que llegaron a estas tierras en la primera mitad del siglo pasado, dieron a este suelo un inconfundible sello universalista, humanista y plural.
Pero no es nada. Lo acepto. Me duele, pero comparto el pensamiento de Arturo Jauretche que no por casualidad puse en la tapa de la edición anterior:
"La Patria es un dolor que nuestros ojos no aprendieron a llorar".
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

viernes, 21 de mayo de 2010

Cornelio Saavedra y mi zeide

Cornelio Saavedra y mi zeide - Editorial del 21 de mayo de 2010
Para los desprevenidos, zeide, en idish, el idioma de los inmigrantes de la Europa Oriental que llegaron a estas tierras, quiere decir abuelo. El mío, por la rama paterna, llegó a principios del siglo XX y dejó en estas tierras, además de su esfuerzo, cuatro hijos y el polvo de sus huesos, lo que no es poco. Salomón Arcusin se llamaba, y acá empieza la parte en la que le pediré a cada uno de ustedes que ponga el nombre que sienta y quiera.
Por supuesto que no había otra manera para escribir sobre ésto que volver al "yo", que mucho no me gusta. Como sabe el lector consuetudinario, elijo la primera persona del singular cada vez que quiero que no queden dudas de que es una opinión personal, fundamentada y, por sobre todo, "bancada". En suma, lo que escribo aquí es lo que pienso, sin condicionamientos y "desde adentro".
Debo decir (estoy obligado a decirlo) que me queda un regusto amargo en la boca al pensar en lo que se está omitiendo en estos festejos. De ahí, como se imaginarán ustedes, la referencia del título, tanto porque quien fuera Presidente de la Primera Junta de Gobierno Patrio había nacido en Potosí (Virreinato del Perú) y mi zeide en Gersón, aldea de la Lituania rusa, cuánto porque el primero de ellos era masón (según datos fidedignos) y mi zeide judío, sin que tenga yo necesidad de probarlo.
Entonces, no termino de entender por qué, si entre ellos dos y nosotros, ahora, todos juntos hicimos la Patria, en el acto central del Bicentenario, acá por lo menos, en mi Basavilbaso, solo habrá una Invocación Religiosa católica.
Estoy seguro de que si se hubiera decidido compartir la ocasión con las otras confesiones que existen en mi pueblo, ello en nada afectaría la fe de los creyentes católicos. Y lo digo con convicción y conocimiento de causa, porque a la inversa, haber participado de misas o haber cantado el Ave María no ha conmovido para nada mi fe judaica. Entonces seguirán existiendo los templos y lugares de oración, las fiestas de religiosidad popular y, salvo que se tenga una fe débil y necesitada de seguridades, nada obstará a que se pueda orar, públicamente, por lo menos de las otras dos maneras, o sea de la cristiana no católica y de la judía, cuando se trata de la Patria de todos.
Ya alguna vez dije en una de estas páginas que me siento raro cuando en la plaza del pueblo en que nací, sobre la misma tierra en la que yacen para siempre mis padres y mis abuelos, en un acto celebratorio de la argentinidad toda, estoy en medio de los alumnos y docentes con los que comparto el derecho constitucional de enseñar y aprender, que es común a todos los habitantes, y también en medio de aquellos entre los que vivo, y no puedo evitar sentirme distinto cuando, sin tener opción, debo quedarme en silencio en el momento en que los que yo considero mis hermanos dicen el Padrenuestro, y quieto cuando esos mismos hermanos míos se persignan.
En el Preámbulo de la Constitución Nacional se hace una referencia a Dios mediante una impetración: "… invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia…". La misma alude al teísmo, es decir, a una cosmovisión o posición ideológica que implica referencia a una divinidad, a un ser superior, que puede ser el dios cristiano, el budista, el hebreo o el hindú. Pero el de todos.
Para traducir mi dolor, fuerte dolor, en palabras indudables por venir de quién vienen, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, Arzobispo emérito de Resistencia, Chaco, en ocasión de la Fiesta de la Ascención del Señor, en vísperas del Bicentenario de la Patria, llamó a "apoyarse en el Nombre de Jesucristo y evitar la invocación mágica de nuestro pasado católico". Al respecto sostuvo que con ocasión del Bicentenario, "es probable que hablemos de los orígenes cristianos y católicos de nuestra nacionalidad. Y estará bien que lo hagamos, pues es de bien nacidos recordar y agradecer a todos los que nos precedieron". Sin embargo, aclaró que debemos "evitar invocar nuestros orígenes cristianos y católicos de manera mágica. Como si, por haber sido aquéllos católicos, hoy ya lo somos todos".
El Bicentenario encuentra a los argentinos con una multitud de asignaturas pendientes, de carencias tanto institucionales como sociales, de violación de derechos, de discriminaciones históricas. Y este es el momento del replanteo de aquellas cuestiones políticas, sociales y culturales. Y especialmente del papel de las religiones.
El Bicentenario pretende ser una puerta a la democratización de la alegría, por eso entre los ejes principales se encuentra la revalorización de las fiestas populares, impulsando y apoyando en cada rincón del país las manifestaciones de nuestra cultura y los festejos de nuestra gente.
Mi zeide vino a la Argentina seguramente que no en la búsqueda de adquisiciones materiales, y de todas maneras, si es que vino a eso, no las consiguió. Vino sí a fundar una familia heredera de una cultura milenaria y, al mismo tiempo, a integrarse a esta tierra de libertad que lo recibió como a un igual, porque la misma Constitución abre sus puertas a "todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino" ya en el Preámbulo, que es como decir "antes de entrar".
La inmigración a la Argentina tuvo un carácter masivo, en el siglo diecinueve y comienzos del veinte, porque el volumen de la población nativa fue, por varias décadas, relativamente menor respecto a los recién llegados. Y eso sin dejar de tener en cuenta que si hablamos del Bicentenario de los Pueblos, debemos poder pensar ideas y acciones no sólo frente a los festejos oficiales, sino en otros que nos conviertan en protagonistas colectivos de las transformaciones pendientes.
Alberto Gerchunoff, en su cuento "El Himno", le hace decir al rabino, en el acto central de los festejos del Centenario en Villa Domínguez, una parábola extraída de las tradiciones judías de España, que simbolizaba para el orador la libertad de los pueblos: "Había un pájaro prisionero en una jaula de hierro. Creía que todos los pájaros viven así hasta cierto día en que vio a otro pájaro revolotear en el espacio y posarse sobre los tejados y los árboles. Entonces el canto del prisionero se volvió triste. Tanto meditó en su esclavitud, hasta que concibió el pensamiento de roer las rejas con el pico".
En ese cuento, a renglón seguido, Jacobo, el gaucho judío, explica a don Benito Palas, comisario del pueblo, el sentido del discurso. Y por toda respuesta, el comisario recitó las estrofas del Himno. No lo comprendían del todo los judíos, pero al llegar a la palabra Libertad, el recuerdo de su antigua esclavitud, de la amargura y las persecuciones seculares sufridas, revolvió sus corazones y con el alma y con la boca todos exclamaron, como en la sinagoga: ¡Amén!
Gerchunoff, entonces, termina diciendo lo que nosotros hacemos ahora nuestro, invocando lo que nos es común a todos.
"Es generoso el pabellón que ampara los antiguos dolores de la raza y cura las heridas como venda dispuesta por manos materiales. Arrodillémonos, y bajo sus pliegues enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales el grito sagrado…
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

viernes, 14 de mayo de 2010

La dracma extraviada

Editorial del 14 de mayo de 2010
Iniciamos la semana pasada, con el aviso de que cualquier contingencia nos obligaría a cambiar sobre la marcha, una expresión de nuestro pensamiento respecto a los festejos del Bicentenario de la Patria.
Intentaremos seguir hoy, con algunas apreciaciones particulares respecto a nuestra idea sobre aquello que debería comprender el concepto de “festejo”.
Así, a modo de trazar un paralelo, cuando nosotros celebramos nuestros propios cumpleaños, lo hacemos no sólo recordando el día en que nacimos (bah, no lo recordamos nosotros, obviamente, sino que nos lo recuerdan nuestros padres, abuelos y tíos), sino también cada uno de los acontecimientos vividos en esos tiempos. Para ejemplificar, en esos días hacemos mención a cuando aprendimos a caminar, cuando dejamos la mamadera, nuestro primer día de clase, la primera novia, y muchas otras cosas que sería larguísimo de describir.
Pero, además, en los cumpleaños se recuerdan también aquellos hechos que no nos aportaron nada, y de los cuales seguramente hoy nos avergonzamos. ¿Pero de qué manera avanzaríamos en la vida si no fuera aprendiendo de nuestros errores?
A nosotros nos parece que memorar 200 años, y sobre todo hacerlo bajo el título de “Bicentenario”, supone no sólo recordar a los “Hombres de Mayo”, sino a todos los que escribieron líneas en nuestra Historia. O sea, además de los españoles y los criollos (hijos de españoles), y de los aborígenes, a los que muy pocos mencionan hoy, también deberíamos incluir en la nómina de homenajeados a los inmigrantes que, desde mediados del siglo 19, poblaron la República y coadyuvaron a fortalecer la Nación.
En la vida de cada uno de nosotros se da la paradoja de que, al comienzo de ella, los festejos son organizados por nuestros padres, mientras que al final, lo son por nuestros hijos. Y está de moda ahora, a partir de cierta edad (usualmente se hace a los 15, pero también a los 80), editar un video en el que se muestren aquellos aspectos relevantes de los que hayan quedado pruebas.
Sin la capacidad para hacer nosotros lo mismo desde lo audiovisual, sí nos animaremos a proponerlo desde lo escrito, detallando los que son, a nuestro criterio, los hitos más importantes superados, con éxitos y fracasos, por la argentinidad toda.
Como para empezar por algo, dejando atrás la historia de los primerísimos años, tenemos la guerra contra el Brasil, los gobiernos de Rosas, su derrocamiento y la llamada Organización Nacional. Y, en el siglo 20, el primer golpe de estado del 6 de septiembre de 1930, que “volteó” a Yrigoyen y que dio inicio a la década denominada "infame", caracterizada por la corrupción y por dar nacimiento a un modelo de estado pro-fascista que caló muy profundo en la sociedad y del cual hasta hoy no hemos podido remover sus herencias culturales, tales como el desprecio por las leyes e instituciones propias de la República, por la opinión del otro y por la transparencia en la administración pública, entre tantos otros males originados en ese molde; el 17 de octubre de 1945; la caída de Perón en 1955; su vuelta en el ’72 (Ezeiza), y después el golpe del ‘76, que instauró el neoliberalismo en el país. Y no hay que olvidarse, obviamente, de la guerra de Malvinas.
Los entrerrianos, en ese conteo regresivo, seguramente apelaremos a la figura de Justo José de Urquiza, que prefirió retirarse de una batalla que ganaba con facilidad, para poder unir a la ciudad de Buenos Aires con la Confederación. Dio un paso al costado, resignando el poder personal, por algo que vislumbró mucho más grande que la mera gloria terrenal. No nos cabe duda de que en sus oídos sonaban las palabras que el esclavo que sostenía los laureles le prodigaba al general que entraba victorioso a Roma: "No olvides que eres un simple mortal". Entonces, si hablamos de Urquiza, debemos resaltar entre los pilares de este Bicentenario, la rúbrica de la Constitución de 1853 que afianzó el nacimiento de una nueva nación.
Otros mojones de la Historia fueron la ley Sáenz Peña, que promovió el voto universal, y que posibilitó la llegada por primera vez de un gobierno popular al poder. Y los derechos de los trabajadores, incluidos primero en la Constitución de 1949, y luego, al ser ésta derogada, agregados como artículo 14 bis a la vigente.
Pero es claro que también hay, como decíamos más arriba, situaciones que, por vergüenza, debemos recordar y no repetir, y que por esas cosas de la mentira de la historia (y del periodismo) nos enseñaron tan mal. Así tenemos el escandaloso reparto de tierras entre unos pocos desde 1810 en adelante y sobre todo después de las dos “conquistas del desierto”; y también, por supuesto, esas dos citadas “Conquistas”; el gremialismo partidista, no democrático y corrupto; la “clase” política de estos últimos 25 años que fragmentó a la sociedad a la sombra de su falta de capacidad para gobernar, vaciando la democracia de contenido, no respetando la Constitución y haciendo “gala” de una total falta de ética con un egoísmo y ambición de poder que roza la desfachatez; la época del '70, con el error fatal que cometieron los militares; la pésima distribución de la riqueza; la pobreza y la indigencia; la decadencia educacional; los empresarios corruptos y cobardes, amigos de todo gobierno de turno sin importarles un país de grandeza ni la hipoteca que todos ellos dejaron y dejan a las generaciones venideras, y la tristeza social en un país rico con un futuro incierto y sin oportunidades si continúan con este circo corporativo.
Es por eso que lo que uno lamenta es que este festejo le haya tocado al peor gobierno nacional de la historia democrática (probablemente) y al más corrupto de esa misma historia (seguramente), más empeñado en enriquecerse y enriquecer a sus amigos que en revitalizar los principios que hicieron posible el nacimiento y el desarrollo de la Patria. Los negociados que se empeñan en tapar, mientras se desviven por dedicar horas y horas a vanagloriarse de una libertad de prensa de la que no son responsables y de una política de derechos humanos que heredaron y que, si la siguen llevando adelante, es por mera conveniencia. Y acá debemos dejar aclarado que los delitos se pueden cometer tanto por acción como por omisión.
Están saliendo a la luz por estos días hechos como los que involucran al intercambio comercial con Venezuela, y a otros internos como el tema del juego y de las obras públicas, en los que nombres como los de Cristóbal López y Lázaro Báez aparecen prestados para que se enriquezca aquél que comenzó a hacer su fortuna desde abajo, quedándose con las propiedades de los afectados por la Circular 1050. Pero, es claro, de eso en “6, 7, 8” (premio Martín Fierro a la obsecuencia y a la mentira) no se habla.
No importa. Como dijo alguna vez el General Perón: “ya llegará la hora del escarmiento”.
Pero, como proponíamos la semana pasada, “hay que entender para atrás pero ver para adelante”. Es por eso que recordaremos, para finalizar, y como una especie de oración (laica, en este caso) algo que una vez leímos y guardamos.
Cuenta el Evangelio que una mujer había perdido un dracma (una moneda) y salió a buscarla. Y buscándola la encontró. Pero si no la hubiera buscado ¿cómo hubiera podido encontrarla?
Entre tantos desaciertos hemos perdido mucho, como individuos y como sociedad.
Solo entre todos daremos con la dracma extraviada.
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso

viernes, 7 de mayo de 2010

Ver para adelante, y entender para atrás

Editorial del 7 de mayo de 2010
Desde hace 199 años (se supone que empezamos los festejos el 25 de mayo de 1811), los argentinos recordamos los sucesos de la Semana de Mayo como una forma de reafirmar nuestra identidad nacional. Ello aunque más no sea para mantener la costumbre, inveterada, de aprovechar esas fechas para inaugurar cosas, o, más próximos en el tiempo, para justificar un fin de semana largo, solo aprovechable por aquellos a los que les sobra como para irse de mini-vacaciones. ¡Si;” Identidad Nacional”!
El entusiasmo general provocado por la celebración de Mayo fue creciendo a través del tiempo, llegando al cenit, seguramente, cuando el Centenario, en 1910.
Es claro que por esos tiempos la Argentina era una de las primeras potencias del mundo, lo que no quería decir, necesariamente, que todos sus habitantes gozaran de esas riquezas. También eran tiempos de inmigración, y es bueno recordar (o leer, para quién todavía no lo hizo) el libro “Los Gauchos Judíos”, de Alberto Gerchunoff, que en uno de sus cuentos relata, muy apasionadamente, la relación sanguínea que surgía entre los colonos y la bandera de su nueva patria. Obviamente que esto sirve para interpretar el sentimiento de todos los que llegaron a estas tierras. Solo usamos ese ejemplo literario porque nos toca de cerca, en varios sentidos.
Hemos comenzado la página de hoy con el propósito de dedicar el mes de mayo, si el devenir de los acontecimientos no nos propone otra cosa, (que ya estamos acostumbrados a ello), a devanar estos 200 años, en la convicción de que el pasado puede entenderse, tanto a través de la historia personal como de la historia social, pero no puede cambiarse. Y como ya sabemos que el futuro es imprevisible, solo nos queda la posibilidad de atender muy bien nuestro presente, que es el único tiempo real.
Jean Paul Sartre decía que “no poder entender la historia es no poder transformarla”, sugiriendo que la vamos construyendo día a día, porque la totalidad de ella no está compuesta, como nos suelen enseñar, solo por fechas y batallas, sino también (o por sobre todo), por gente concreta, con sus vidas irrepetibles.
Nosotros creemos que hay una nueva forma de concebir el pasado, y es teniendo en cuenta que lo que producimos son fenómenos de larga duración. Así pierden importancia, entonces, meros acontecimientos puntuales o coyunturales, que sí les interesan, y no es casualidad, a un sector de la dirigencia política, que quiere hacernos creer que lo fundamental es dar a los carecientes una asignación por hijo, o discutir con Clarín la propiedad de los medios de información hoy, no hasta hace dos años, cuando el multimedios decía lo que Kirchner quería.
Los argentinos no podemos estudiar nuestra historia sin aceptar e incorporar que somos resultado y producto de una triple realidad: nacional, familiar e individual. Y que, además, estos tres aspectos deben ser analizados, para que sirvan, bajo la lupa de la antropología, la sociología, la literatura, el arte, la economía, y muchas otras ciencias más.
Hasta ahora no hemos encontrado, en las demasiado etiquetadas referencias a estos 200 años, otra cosa que datos. Hasta en las gigantografías y en los videos alusivos solo están el Cabildo y los héroes de las batallas. No hay referencias al ser humano de piel y huesos que habitó y habita nuestra Patria, que piensa, que siente, que trabaja y que descansa, que come, que se divierte, que está en familia, que canta, que reza, que VIVE.
Si no queremos que la festividad se agote en desfiles y en un fin de semana largo para “disfrutar”, debemos dedicarnos, en serio, a discutir el porqué de que, entre otras cosas, se hayan deteriorado estas celebraciones cívicas.
Seguramente, si nos proponemos profundizar, encontraremos que las causas se relacionan con el desconcierto generalizado acerca de qué significa ser argentino y qué lugar ocupa nuestro país en el mundo. Y los jóvenes nos dirán que les preocupa saber qué perspectivas se ofrecen a las futuras generaciones y si tenemos algún proyecto en común o constituimos solo una mera suma de iniciativas y de negocios particulares. ¡Y cada vez menos iniciativas y más negocios particulares!
Ya que, como decíamos más arriba, a nuestro entender la Historia no se reduce a la evocación cargada de nostalgia de un pasado, por grato que sea. El recuerdo histórico tiene vitalidad y sentido en la medida en que ofrezca sustento a un proyecto de futuro.
Pero, a pesar de todo esto, nuestros conductores persisten en llevarnos por los caminos errados, perdiéndose en discusiones estériles y tapando negociados que nos hunden cada vez más.
Es por eso que este Bicentenario nos encuentra enmarañados en la posibilidad siempre mal guiada, y, por eso, desalentados. Tenemos todo lo externo, pero no sabemos ordenar la marcha. Inmaduros, no hace falta ver nada más que un poco de TV, algo de redes sociales y el resto de algunos medios gráficos para advertir que oscilamos entre la exultación vana y la queja aún más que vana. Despreciable.
Nos da lástima ver el triste papel que juega hoy la ciudadanía, siendo solamente un mero actor secundario de la película que, luego de dos siglos de esfuerzos, juega un matrimonio con su séquito, en un intento, hasta ahora exitoso, de terminar con la República.
Los riesgos son inmensos. Podemos sumergirnos en un default infinito o en fracasos educativos, parlamentarios, culturales y mediáticos para los cuales estamos haciendo todos los “méritos”.
Para saber qué hacer, debemos volver a las fuentes, porque en una primera etapa la globalización pareció propicia a nuestro afán, y entramos en ella. Pero dimos pasos encontrados. Nos diluimos en el mundo (y hasta en Sudamérica) y perdimos identidad.
Los argentinos debemos tomar conciencia de que estamos preparados para ese ejercicio audaz que significa mirar para atrás y advertir que nos constituyen diversidades telúricas y étnicas, por lo que estamos habituados a aceptar mestizajes de cuerpo y espíritu, saludables talleres a la hora de buscar nuestra identidad.
Este Bicentenario nos encuentra con una imagen apocalíptica. El agotamiento de los recursos naturales y la intoxicación del medio ambiente no son temas menores y nadie le da importancia. De ahí que, para comenzar a andar los nuevos tiempos debamos, antes que nada, asumir la conciencia responsable de que estamos todos en un mismo barco al que debemos “salvar” todos juntos.
Con 200 años la Argentina es todavía un país en formación. Es un magnífico proyecto que muchos pretendieron (y pretenden) dar de alta antes de tiempo, y eso nos convierte, cíclicamente (y en ciclos cada vez más próximos entre sí) en una nación neurótica que entró en decadencia antes de llegar al logro.
Habíamos irrumpido en la Historia con orgullo y voluntad de ser, y no hay razón para que no volvamos a esa senda. ¡Y nada de golpear tímidamente para entrar! Si demostramos que queremos ser y correremos el riesgo, podemos dar el viraje necesario.
El título de hoy, por fin, que sirve como reflexión final, es una parte de una frase del filósofo danés Soren Kierkegaard: “El ‘pequeño’ problema de la existencia es que se vive para adelante y se entiende para atrás”.
Dr. Mario Ignacio Arcusin, para Semanario Crónica de Basavilbaso